“¿Quieres esto?”





Había sido una cena memorable recordando los meses y años juntos estudiando, compartiendo sueños, reflexionando sobre el presente y sobre cuánto de todo aquello hoy es real y, al acabar, me quedé a dormir.

Temprano en la mañana, después de desayunar, me despedí y caminé relajada hacia el metro, respirando el aire fresco de justo antes del completo amanecer, cuando me asaltaron.
Allí en el camino, sigilosas e inesperadas aparecieron de nuevo la duda y la ansiedad que me obligan últimamente a replantearme si estoy haciendo lo que se supone que como adulta debo hacer, o sigo queriendo jugar con la vida. 
Pero a pesar de todo seguí mi camino, y entonces al entrar en el vagón, miré al fondo y vi a toda esa masa de gente apretada en el gusano de metal mientras éste avanzaba por los túneles del hormiguero para llevar a cada uno a su destino. No se miraban, mantenían todos sus ojos en un punto incierto, pensando o sin pensar (tampoco se notaba la diferencia), seguramente deseando estar en cualquier otro lugar esa mañana de viernes, que de camino hacia su trabajo. 

La duda y la ansiedad a veces pueden conmigo y estoy a punto de abandonar, pero entonces otras preguntas, con otra voz y otro tono hurgan en mi herida y se quedan suspendidas en el aire. 
“¿Por qué imaginas? ¿Por qué escribes? ¿Por qué pintas o dibujas?”

Aquella mañana la voz me preguntó: “¿Quieres esto?”

Y no me hace falta pensar mucho para contestar. Lo se. Se que no hay vuelta atrás. Que aunque quisiera me han estropeado para siempre, y ya no voy a poder sentirme cómoda ni satisfecha haciendo cualquier otra cosa. 

Así que no, no lo quiero. 




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