Confesiones. Sobre los errores y el miedo.

Era mi tercer año en ilustración. Corrían los tiempos en que éste servía para ocuparlo enteramente en el proyecto final, y yo solo tenía una idea con la que trabajar: El miedo.

Recuerdo que cuando estudiaba arte había muchas cosas que me hacían sentir insegura, y me frustraban de mí misma. Mis peleas con el color y con la composición por ejemplo. Pero la angustia ante el hecho de no entender realmente cómo ser mejor en algo para lo que, al parecer, era una negada, no se podía comparar con aquellas veces que me asaltaba el miedo al intentar responder a la pregunta de:¿Cómo lo vas a hacer?

No lo sé. No sé cómo voy a empezar a llenar de trazos, o color, o materia esta hoja de papel blanco que en unos meses debe contener algo importante, algo que impacte, que sea interesante, y que a la vez exprese quien soy y lo que quiero decir.
No lo sé. Y en ese instante, la duda se extendía como una mancha negra por todo lo que hasta ese momento no me había ni siquiera planteado. Preguntas tan etéreas como: ¿cómo dibujo? ¿Cómo hago para que líneas hechas de una u otra forma resulten en algo siquiera entendible? ¿Cómo es que soy capaz de hacerlo? ¿Qué pasos, qué instrucciones sigo para dibujar un retrato, o algo bello, o triste, o solitario?
Y entonces, recuerdo que el monstruo del miedo se hacía tan grande que llegaba a pensar que sería imposible dar un solo trazo más, y que después de cinco años de estudiar arte, allí se había acabado todo.

Hasta que, de repente, una voz en mi cabeza decía: “No tienes por qué saberlo para hacerlo. Te basta con empezar y confiar”.

El monstruo del miedo paraliza, y puedes tratar de ordenar tus ideas hasta la extenuación, racionalizar la técnica y la estrategia, y sí, es necesario; pero muchas veces está bien no saber cómo vas a hacer algo y aún así tirarte a la piscina. Es entonces que reconoces que no pasa nada si te equivocas, que lo importante es volverse a levantar y aprender y crecer desde tus errores; y en eso, muchos grandes artistas de cualquier técnica o disciplina (o simplemente alguien que haya vivido lo suficiente) podrán secundarme.

Finalmente, y no sin algún contratiempo o frustración, logré acabar. Llegué a la meta con algo que había salido de mí, y fue al dar pasos, pequeños pero siempre adelante. Me hice amiga del monstruo del miedo no al intentar controlarlo, si no al aceptarlo.

Para acabar os dejo con las ilustraciones del proyecto. “El domador de monstruos”. Podréis ver el proceso del que os he hablado en anteriores posts.











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