El de la noche






Ata era una aldea perdida en lo más profundo de un valle donde todos se conocían y todos tenían tareas que cumplir. No había señores, ni caudillos con muchas tierras como se acostumbraba en aquellos años en otros lugares. En Ata no se admitían vagos ni gente ociosa. El invierno era demasiado duro para tener garrapatas. 

La aldea estaba rodeada de cinco grandes picos de cimas siempre teñidos de blanco que, a medida que la época de calor pasaba, iba extendiéndose, cubriéndolo todo hasta que el lago más cercano al pueblo se helaba. Una de esas montañas, orientada hacia el norte tenía forma de luna creciente, y se decía que había una cueva en alguna parte que escondía secretos oscuros. Hacía tiempo que no ocurría nada extraño, pero nadie se atrevía a acercarse para comprobar si lo que narraba la gente antigua era cierto. Así que el misterio seguía sin resolverse y mantenían con puntual disciplina las costumbres heredadas: La de vigilar la cabaña, que estaba al final del gran bosque al pie de la montaña con forma de luna creciente, desde la torre vigía, y la de no salir a la calle cuando el sol se escondiese entre las montañas. 

Pero sucedió que, un día, la chimenea de la cabaña volvió a echar humo, y todos sabían que la nube azulada que se había formado no era buen augurio. Los viejos del pueblo contaban que todas las veces que había ocurrido en el pasado gente había sido robada por Gaueko y la montaña se los había tragado para siempre. << La cabaña está al fondo de un bosque de pinos negros>>, decían, <<si el espíritu de la noche vuelve a asomarse por aquí, con su aliento fétido y su capa de colores, los vigilantes darán el aviso y tendremos tiempo de escondernos antes de que anochezca en nuestras casas, o de huir al lago, si fuese necesario>>. De todos es sabido que los espíritus oscuros no soportan el agua.

Así que todos obedecían las normas heredadas, y durante mucho tiempo no ocurrió nada extraño ni preocupante en la aldea y la vida siguió su curso con normalidad.

·◊·

Aquella mañana el Auzá del pueblo de Ata se despertó con una sensación extraña en el estómago. 
—Elvia, Txiqui, se buena y prepárame unas hierbas de manzanilla y salvia, ¿quieres? No estoy hoy muy fino.
—¿Crees que hoy la rueda viene torcida?
—No lo se. Solo digo que me duele el estómago. —dijo pensativo, mirando a un punto fijo a lo lejos — y que la cabaña ha vuelto a humear... Voy a hablar con los de la torre, a ver si ha habido cambios.  
Etxo hizo el gesto de ponerse en pie, pero su mujer le retuvo. 
—No hasta que hayas desayunado y tomado las hierbas. —Etxo hizo caso de su mujer y se volvió a sentar para desayunar tranquilo. Después de todo, si la rueda del destino había amanecido torcida, cualquier cosa podía ocurrir, así que mejor tener el estómago lleno. 

El sol había salido ya entre las montañas y se notaba el calor del verano. <<Hoy va a ser un día caluroso…>> Pensó Etxo mientras caminaba hacia la torre. 
Así estaba, ensimismado en sus pensamientos, cuando un grito le sobresaltó.
—¡Auzá! —gritó desde arriba uno de los vigías, probablemente Sertu, el hijo del jefe de los leñadores —¡Qué buena mañana se ha levantado, ¿eh?
—Sí, sí. Muy buena, ¡se nota ya el calor del verano! Venía a preguntaros… ¿Alguna novedad, Sertu? 
—Por aquí nada diferente, Auzá. La casa echa humo azul, pero no se ha movido ni un árbol, ni un pájaro. Nada. 
—Ya veo, ya veo. ¡Bien! ¡Que siga así! Avisadme si hay el más mínimo cambio. Me duele el estómago y eso nunca ha sido buena señal.
Los vigilantes se miraron con preocupación y empezaron a tocarse la frente, las mejillas, los hombros y el pecho con la mano derecha sin ningún sentido ni orden, como encomendándose.
—Dama, buena señora, ayúdanos. Y también tú, Dios y madre del dios cristiano ¡ayudadnos!
—¿Sabes que no vale si se lo pides a los dos, verdad Sertu? —dijo su compañero —¡lo estás haciendo mal y no nos van a hacer caso!
—Pues yo siempre me encomiendo a todos los dioses que puedo y aquí sigo, vivo y coleando. ¡Así que calla y sigue vigilando, zoquete! 
El alcalde se alejó de allí pensando que quizá necesitaban nuevos guardias en la torre con menos dotes para la distracción, aunque luego se acordó de que no tenían más candidatos a pasarse ahí arriba noches enteras sin dormir, y sin un fuego para calentarse, y lo dejó correr. En la casa grande le esperaban unos asuntos que atender con unos vecinos preocupados por las ofensas a la Dama por parte de uno que vivía más allá del lago. Después visitaría los campos y vería cómo arreglar los problemas que habían tenido con la sequía que aquel verano estaban sufriendo, porque quizá, aunque esperaba que no,  todo estuviera relacionado. 
La casa humeante, su estómago y la falta de agua. ¿Qué más les podía pasar?

Pasó así la mañana y al medio día comió con los del campo y cuando el sol comenzó a bajar se encaminó hacia la aldea. El estómago no había parado de dolerle, y se había ido poniendo más tenso a medida que pasaba el día. 
Al entrar por los portones de la aldea escuchó risas y murmullos y vio un grupo de señoras que volvían del río, con sus cestos llenos de ropa seca, que rodeaban a un joven con un peinado extraño, y unas ropas aún más raras y extravagantes. << Uno de los de afuera. >> Pensó. Apestaba a estiércol. 
—¡Auzá! —dijo la mujer de uno de los del campo —el forastero ha aparecido por el camino que viene de la ciudad. Alarico se llama ¡Es un noble! 
—¡Pues apesta! —dijo Etxo dando un paso atrás cuando el extraño se acercó a saludarle. 
¿Qué hace alguien de vuestra posición en este pueblo? — le preguntó muy seco —No queremos bastardos que se cagan encima buscando su fortuna, ni huidos de la justicia, y si venís a cobrar impuestos ya os podéis ir por donde habéis venido. ¡No los vamos a pagar!
Perdonad mi llegada imprevista y fortuita, buen señor. ¿Según tengo entendido sois el Alcalde de la aldea?
Lo soy, y dejaos de tanta pamplina y floritura. ¿Qué hacéis aquí? —Volvió a preguntar Etxo bastante molesto, más por el olor que por la incomodidad de tener que hablar la lengua de los de afuera. Hacía tiempo que no tenía que usarla y le provocaba dolor de cabeza.
Pues veréis —Dijo el tal Alarico, visiblemente nervioso por los modales y el genio del Alcalde estaba con mi caravana de camino a Astur, al monasterio de San Pedro de Villanueva, cuando me sentí indispuesto y pedí el alto. Me metí entre unos matorrales a ocuparme de mis asuntos,  y al acabar y cuando quise volver al camino, se habían marchado todos sin mí. 
Imposible. Este camino por el que habéis venido no llega a donde decís que vais, y tampoco viene de donde creo que venís.
¿De Pontus Veteris? Debo de haberme extraviado pues.Se quedó un momento pensativo, y volvió a hablar Me pregunto entonces, y eso en parte lo que estaba hablando con estas señoras tan amables...
¿Qué queréis? Decidlo de una vez. No tengo tiempo para estas charlas inútiles, Buen señor. —dijo en tono socarrón y fingiendo una sonrisa, aunque aún con el ceño fruncido. 
Alarico cambió el gesto, obligándose a aguantar las ganas que tenía de darle una buena lección a aquel viejo. Si supiera blandir una espada, o pelear…
Mi padre es un hombre adinerado, señor alcalde, y estoy seguro de que podrá recompensaros muy bien si me ayudáis a llegar a mi destino. ¿Cómo os llamáis, si no es una impertinencia?
Lo es, y no voy a enviar a mis hombres a un sitio como al que vais, y menos en esta época del año. Haré que alguien os acompañe al lago para que os deis un baño. Comeréis y después os iréis por donde habéis venido y no nos molestaréis más, ¿entendido?
Pero, señor Alcalde, no tengo caballo, ¡no sé dónde estoy! Además ya cae el sol —dijo apuntando con el dedo hacia las montañas bañadas con la luz dorada del atardecer. 
Etxo le miró y se quedó pensando. Estaba irritado por aquella visita fastidiosa y asustado también, pensando que quizá su estomago se refería a aquel extranjero como el problema inminente. 
Está bien. —dijo muy serio Pasaréis la noche en mi casa, así os mantendré vigilado, y mañana temprano dos de mis hombres os llevarán al camino que vos perdisteis. Pero sabed que no darán ni un paso más. Marcharéis solo, ¡y que vuestro Dios os ayude! —hizo un gesto como encomendándolo al cielo y continuó —Ahora ¡Venid! Cae el sol, como bien habéis dicho, y no es sabio ni recomendable estar fuera de la casa de uno después del atardecer.
Etxo le llevó a su casa, aunque le hizo esperar en la puerta. Cuando volvió, llevaba jabón y ropas limpias, y detrás de él apareció un joven de unos catorce años mirándole extrañado y tapándose la nariz con el brazo.
Mi hijo menor os llevará allí donde podáis asearos y os traerá de vuelta. Por si también perdéis este camino. —dijo, y se echó a reír. 

A Alarico le costaba aceptar aquellos modales tan rústicos y horribles. Nunca antes se habían atrevido a hablarle de aquella manera. ¿Y qué era eso de ‘vuestro Dios os ayude’? ¿Acaso había llegado a un pueblo de paganos? 
Muchas gracias Alcalde... — esperando a que éste le dijera su nombre por fin, pero no obtuvo respuesta. El chico le indicó con un gesto de cabeza que le siguiera, y Alarico se fue tras él de buena gana sin echar la vista atrás, pretendiendo al hacerlo un gesto de desprecio. Pero el alcalde estaba ya a sus asuntos y ni le vio irse.
Me llamo Maël —le dijo el muchacho mientras se dirigía al portón. Era delgado y larguirucho. De pelo oscuro y piel blanca aunque un poco bronceada. Se movía con mucha agilidad, y a Alarico que tenía un poco de panza y no estaba acostumbrado a andar por bosques ni saltar de pedrusco en pedrusco, le costaba seguirle el paso. Pero finalmente llegaron al lago, y el chico le indicó donde había una orilla donde podría quitarse la ropa y darse un buen chapuzón.
El agua está un poco fría pero es muy agradable en esta época —le dijo el chico Maël intentando ser todo lo amable que podía.
Ejem —tosió Alarico, frunciendo el ceño y mirando en todas direcciones como buscando a alguien —¿no hay otro sitio más cubierto? Me gustaría un poco de privacidad, si no es molestia.
Maël dio un suspiro fuerte y contestó, poniendo los ojos en blanco. 
No, no hay ningún sitio por donde sea fácil andar sin romperse una pierna y que esté cubierto. Os tendréis que conformar con este, y descuidad, lo último que quiero es veros en cueros, señor. 
Se dio la vuelta y se apoyó sentado en el tronco de un acebo mientras con su navaja tallaba formas en un trozo de corteza de árbol que cogió del suelo.
El sol estaba a la mitad y en el bosque el ambiente empezaba a tomar un color lavanda. El cielo ahora era naranja. Aunque la vista era preciosa, el atardecer era el momento que Maël más detestaba. Significaba que se acababan los juegos, las charlas con los demás chicos de la aldea y debían encerrarse en casa, o Gaueko iría a por ellos y ya nunca más volverían. 
¡Date prisa! ¡Tenemos que volver ya! —le gritó al extranjero. Al girarse vio que se estaba bañando con la camisa puesta. La gente de fuera tenía unas costumbres muy raras, y más esos cristianos.
¡Ya casi estoy! —dijo. Pero se le escuchaba aún dando brazadas en el lago. 
Si no sales ya me iré sin ti, y volverás a estar perdido. ¡Y te aviso, como sigas apestando, mi padre te hará dormir con los cerdos!  << Menuda tontería, bañarse en camisón...>> —pensó para sí.
¡Ya está! ¡Ya está! —le contestó Alarico saliendo del agua y vistiéndose a toda prisa.
Volvieron a la aldea por el camino principal. El sol estaba ya a poco de esconderse tras las montañas, cuando vieron a otra compañía acercarse para entrar por los portones. Era una familia de tres que viajaba con una mula vieja y un carro lleno de bultos. 
—¡Agur! ¿SON buenas las tardes? —Preguntó el hombre mirándole como esperando algo más que un saludo de vuelta. Maël lo miró extrañado. 
—¡Hepa!, pues todo bien, gracias. Venimos del lago. Mi nombre es Maël. Aquí el panzón se llama Alarico. Es extranjero. ¿Qué hacen ustedes por aquí?
Se juntaron en el camino hacia el portón de la Aldea. El hombre frunció el ceño como preguntándose algo en silencio, y luego miró burlón a Alarico. Iba a contestar pero este le interrumpió.
Buenas tardes, señor, yo soy Alarico. Soy de más allá de estas montañas, de Pontus Veteris. —Les saludó en realidad para dejar constancia de que no estaba entendiendo ni una palabra. Pero no sirvió de nada, porque el hombre le miró, asintió con la cabeza y siguió hablando en aquella lengua tan extraña, ignorándole completamente. 
—Yo soy Berart, ésta es mi esposa Osoa. Ella nuestra hija Tirra y con nosotros viene la mula Arrin, que es ya muy mayor y creo que necesita zapatos nuevos. Nos dirigimos a la costa, más allá de las montañas del norte, pero por hoy, la pobre no puede ir más allá.
—Así que hemos decidido hacer un alto en este pueblo —dijo su esposa. 
A Maël le resultó todo un poco cómico ¿A quién se le ocurría hacer un viaje tan largo, con un animal tan viejo, y por el camino de las grandes montañas? ¿Y quién llamaría a una mula Arrin? << Padre se pondrá como un oso cuando me vea aparecer con más extraños en la aldea>>, pensó para sí.  << Al menos estos no hablan cristiano>>.
— Entiendo, entiendo. Venid — dijo Maël — os presentaré a mi padre, el Auzá del pueblo. 

Cuando Maël entró por la puerta de casa y reclamó a su padre, Elvia ya estaba acabando la cena. Olía a algo muy rico. Su madre era bastante tímida, pero era la que mejor cocinaba en el pueblo, así que a menudo, sobre todo en los días de las fiestas señaladas, su casa se llenaba de gente preguntando por recetas y soluciones culinarias. Su plato estrella era el estofado de cerdo, justo lo que iban a cenar aquella noche, si el olfato no le engañaba.
Alarico quiso entrar y dejar allí en la puerta plantados a aquellos forasteros que se habían atrevido a ignorarle completamente. ¡A él! Pero Maël le detuvo mirándole muy serio. Ese crío, aunque fuese un canijo, imponía tanto como su padre. 
—Padre, una familia que habla nuestra lengua ha llegado al pueblo y piden alojamiento para esta noche. Ah, y también un herrero. —dijo haciendo un gesto con la cabeza, indicándole que saliera.
—Parece que mi estómago tenía razón, y esto aún no ha acabado... ¡Espero que después de estos no tengamos más visitantes improvistos! —dijo Etxo saliendo de la casa.
Delante de su puerta, en fila, encontró a un hombre de pelo castaño claro y ojos verdes, vestido con pieles de lobo y un atuendo más bien de guerrero que de campesino. Lo acompañaban una mujer de pelo negro azabache y liso, con la piel muy blanca y un porte fuerte y orgulloso; y también una niña de pelo negro y liso, en apariencia un poco menor que su hijo pequeño, y que llevaba un parche de cuero marrón en el ojo izquierdo. Al fondo vio una mula muy vieja que estaba atada a un carro con bolsas y bultos. El animal bebía con ansias del abrevadero a tres casas más allá.
—¡Agur Auzá! —dijo el forastero. —Mi nombre es Berart y estas son Osoa, mi esposa y Tirra, mi hija. Venimos de un pueblo de las montañas que hacen frontera con Francia, y nos dirigíamos, como le he explicado a vuestro hijo Maël, a la costa de más allá de las montañas del norte, cuando a nuestra mula se le rompió una herradura. Como conozco a Argos, vuestro herrero, decidimos pagarle una visita y ver si podía ponerle unos zapatos nuevos a Arrin. 
—¡Hepa!, pues, Argos vive en aquella casa, justo donde vuestra mula está ya poniéndose a sus anchas. ¡Bienvenidos, bienvenidos! si necesitáis cualquier cosa, mi nombre es Etxo. — dijo haciendo un gesto con la cabeza. — y por favor, ¡hablémonos de tú! Entre paisanos no existen las formalidades —dijo dándole dos fuertes palmadas en el hombro 
—Maël —continuó —llévalos con Argos y luego vuélvete corriendo a casa, ¿entendido? Y no te olvides de explicarles a nuestros invitados las normas, del pueblo. ¡Buenas noches tengáis! Buenas noches.
Y con esto, Etxo hizo pasar a Alarico adentro con un empujón y cerró la puerta. 

Mientras Maël les acompañaba a la casa de Argos, les explicó la prohibición de salir a la calle después que el sol se hubiera puesto y fuera de noche.
—Los viejos cuentan que siempre que sale el humo azul de la cabaña del bosque, el Gaueko sale a robar personas. Hacía tiempo, años en verdad que no lo veíamos. Pero hace tres días comenzó a salir de nuevo, así que estamos alerta... En realidad —continuó Maël después de un incómodo silencio —no hay peligro hasta la media noche, que es cuando el Gaueko realmente se alza como el dueño de la oscuridad, pero por si acaso no nos quedamos fuera cuando no hay sol. 
La niña visiblemente asustada se abrazó a su madre mientras caminaban. Maël se dio cuenta de que se había excedido en los detalles e intentó tranquilizarlas 
—No os preocupeis, de verdad. No os hará nada si estáis dentro de casa, no puede entrar si no se le invita y tenemos la flor de la Dama en las entradas que nos protege. Os dejo. Ya hemos llegado. —y se paró frente a una casa también de madera, como el resto de las de la aldea, pero que tenía un pozo justo al lado de la puerta de entrada de hierro, y las ventanas estaban todas rematadas con marcos metal, no de madera como era lo habitual. Allí debía vivir un herrero. 
—¡Argos! ¡Tienes invitados! ¡Sal! —gritó Maël hacia la casa. Argos no tardó en salir, y al ver a su visita caminó aprisa extendiendo sus brazos abarrotados de músculos, y rodeó a la familia entera con un gran abrazo y una enorme sonrisa. 
—¡Bévan querido amigo! ¡Cuánto tiempo hace que no veía tu cara de oso! ¡Orna! ¡Tirsa! ¿También aquí? 
Maël miró a Argos con gesto extraño, sin comprender por qué, si les conocía tan bien, se había equivocado de nombres.
—No teníamos pensado pasar por aquí, ¿verdad “Osoa”? — dijo Bévan mirando a Argos para que captase la indirecta. Argos le miró abriendo un instante los ojos y asintiendo rápido con la cabeza y optó por hacer como si no hubiera usado nunca esos otros nombres.
—Oh, no tiene importancia, “Berart” —contestó abriendo mucho los ojos y diciendo el nombre un poco más lento de lo normal. —“Osoa”, “Tirra”, ¡Moira se pondrá loca de contenta cuando os vea! ¡Estábamos a punto de cenar! Mañana me encargaré de ti, Arrin. —Y la mula asintió con la cabeza resoplando.  Argos era el peor mentiroso del mundo. Era incapaz de disimular. 
  — Ya te puedes ir Maël, gracias por traerlos. ¡Buenas noches!
Mael se alejó de allí pasmado por lo que acababa de presenciar y mirando a la niña, aunque sabía que era de mala educación. << Está mirando todo el tiempo a unos y a otros como si quisiera intentar no perderse ni una palabra, siempre en silencio. >> Pensó.
Y es que había algo muy misterioso en ella, como si escondiese un secreto, pero a la vez, su belleza era tan inocente y cautivante que le embotaba la mente y no era capaz de pensar con claridad.  << Quizá aparte de tuerta también sea muda>>, pensó. 
En aquel instante, Tirsa interceptó su mirada, y Maël sintió algo extraño, como si hubieran descubierto sus pensamientos.
—No, no lo soy —Dijo la niña tratando de sonreír, pero con un gesto serio. 
Maël se asustó. ¿Cómo había podido descubrir lo que estaba pensado? No lo había dicho en voz alta... ¿O sí? Trató de sonreírle de vuelta pero le salió una mueca muy rara.
— B.. Bien — tartamudeó —Hasta mañana, ¡que descanséis! — y se fue corriendo hasta su casa y cerró la puerta tras de sí con un portazo. 
Al parecer, no lo era.

·◊·

¿Y qué pensáis de la niña, Tirra? —Preguntó Etxo, pero no dejó lugar a ninguna respuesta y continuó hablando yo creo que es una criatura dulce y tímida, muy observadora para una edad tan corta. Seguro que es muy lista. Lástima lo del ojo. 
Etxo masticaba más carne de cerdo de la que podía tragar. Los nervios le traicionaban. Eso y que cuanto más comiera menos le afectarían los comentarios impertinentes del extranjero alojado a la fuerza en su casa.
Padre, ¡que te vas a atragantar! Deja un poco para los demás, ¿no? 
Aquel era su hijo mayor, Séhen de quien Etxo se sentía muy orgulloso. Si se pudieran tener hijos favoritos aquel sería el suyo. Estaba sentado a la mesa junto a su otro hermano Sukil, el mediano. Maël, su madre y el extranjero se sentaban al otro lado de la mesa. Era una buena reunión, y todos hablaban tranquilos de lo que les había ocupado durante el día. Elvia, tal y como Maël había predicho, había preparado su famoso cerdo asado, seguramente para calmar los ánimos de su marido, con todas aquellas visitas inesperadas. Pero parecía que no había servido de nada.  
Debían hablar la lengua de los cristianos para que Alarico les entendiese y eso le irritaba en gran manera. Pero como alcalde, y por el bien de todos debía acabar la noche bien. Elvia le había dado un sermón en la cocina nada más entrar por la puerta, al ver que hacía entrar a Alarico a empujones y contestaba a sus preguntas de muy mala gana: << Sin importar de donde venga y cuales sean sus costumbres —le dijo con los brazos en jarra —¡es nuestro invitado, Etxo! No podemos dejar que se vaya de aquí diciendo que en Ata somos unos bárbaros sin educación. Ya bastante tenemos con los impuestos como para que encima nos envíen a la guardia a investigar>>.
Pues yo creo que son todos unos maleducados.respondió Alarico interrumpiendo la divertida charla familiar, refiriéndose a la familia que había llegado después que él — ¡No se han dignado en hablar mí lengua!
¡Tú tampoco hablas la nuestra, extranjero! le espetó Etxo escupiendo sin querer un trozo de carne.
¡Sí! —continuó Sukil, el hijo mediano, mirándole con gesto soberbio y rabioso. —¿Y qué te interesa a ti lo que ese hombre y su familia le digan a mi padre, el alcalde?, ¿Acaso piensas que conspiramos contra ti? ¿Eh? Todos los de afuera sois unos paranoicos. Como si no tuviéramos otra cosa que hacer se burló, haciendo que en la mesa estallasen las risas. 
Alarico se hundió en su silla, derrotado y pensando que sería más seguro permanecer callado, al menos si quería salir entero y llegar sin un ojo morado a la cama. Bebió a sorbos lo que quedaba de cerveza en su jarra y cerró el pico. 
Elvia miró a Etxo con el ceño fruncido haciéndole un gesto con la cabeza. Etxo se puso las manos entrelazadas sobre la cara y suspiró.
Está bien, está bien. —dijo a modo conciliador Basta de parloteo, y de risas. Es tarde, dejemos las disputas. ¡Todos a dormir! 
Vació él también lo que quedaba de cerveza en su jarra, y se levantó tambaleándose un poco por haberlo hecho demasiado rápido, pero sobre todo por toda la cerveza que había tragado durante la cena para hacer bajar el cerdo. Demasiada.
¡Alarico! —Continuó. Éste dio un respingo Ven, te enseñaré dónde dormirás y mañana nos veremos temprano. —le dirigió por un pasillo largo hasta una habitación que estaba al fondo. 
Alarico vio que toda la casa estaba hecha de madera oscura, y caminar por allí solo con la luz de la lucerna daba bastante repelús. 
A la salida del sol, ¿Me oyes? Si no, te despertaré yo, y te aseguro que no te gustará. Ah, y... —siguió Etxo, dándole la Lucerna —mantenla encendida. Ni se te ocurra apagarla, o tendremos problemas.
Alarico pensó y se rió para sí. Ya estaban otra vez con la tontería del Gaueko ese, y en su mente les compadeció por su ingenuidad, pero no quiso hacer ningún comentario para no llevarse otro grito. Asintió con la cabeza, se metió en la habitación y Etxo cerró la puerta. Alarico se estiró en la cama, tapándose con las mantas y cerró los ojos. Por fin podría descansar. Seguro no le asustaba ningún ser de historias de viejas, que los supersticiosos de una aldea perdida en un monte pudiesen temer. ¡Un noble de ciudad como él, destinado a uno de los monasterios más prestigiosos de la época no debía creer en esas historias de paganos!
Pero a pesar de eso, le costó conciliar el sueño.

·◊·

La aldea estaba en silencio, tranquila, y solo se escuchaba el gorjeo de los grillos y algún que otro ulular proveniente del bosque. Pero a mitad de la noche, un grito horrible rompió la calma. Las campanas de la torre vigía comenzaron a repicar dando la alarma, despertando a todos.
Etxo se levantó de la cama de un salto y casi asfixiado de la impresión. Ya no estaba para esos trotes. Su esposa saltó también de la cama y salió corriendo a las habitaciones de sus hijos para ver si estaban todos bien. El Auzá se vistió rápido con su bata, se ató la capa con un nudo al cuello, se calzó las botas y salió, no sin antes coger su espada, una antorcha que ardía siempre en uno de los dos lados de la puerta de entrada. 
Al salir corriendo hacia la torre se encontró con otros hombres y mujeres que también salían de sus casas armados y con fuegos y a lo lejos vieron la figura oscura y gigante que parecía un lobo pero también un toro, de pie sobre sus patas traseras. El Gaueko.
Y éste llevaba algo que gritaba y se revolvía en la mano llena de dedos que parecían humo negro. Tirsa. 
Un grupo de los más valientes corrió tras el monstruo pero antes de que lo alcanzasen, este se giró y dijo con una voz atronadora que resonó por todo el valle mientras un viento helado salía de ninguna parte: “Gaue Gauekontzat eta eune eunezkôntzat” Esto es en la lengua cristiana: “La noche para Gaueko, y el día para el de día”. El monstruo se dio la vuelta y se adentró en el bosque sin que nadie fuese tras él. Todos se habían quedado paralizados.
Alarico, que también había salido afuera al escuchar todos los gritos era el que estaba peor. Tenía la cara tan blanca como la nieve, la boca en un gesto horripilante y, con el brazo extendido, apuntaba hacia la oscuridad, justo por donde se había metido el Gaueko.
—¡Auzá! —gritaron desde la torre. Etxo, que había ido a donde Alarico para comprobar si seguía siendo de carne y no de piedra, miró hacia donde estaban los vigilantes.
— ¡Aquí!— dijo —¿qué veis? 
—¡El Gaueko! ¡Apareció de la nada! Venía de la casa de Argos. ¡No le vimos entrar al pueblo! ¡Llevaba a alguien, señor!
—A la niña de la familia de viajeros, Sortu. —gritó Etxo de vuelta. 
Bévan apareció a su lado junto a Osoa. Los dos vestidos y armados, jadeando y sobresaltando a Etxo que no les había visto llegar. 
—¿Por dónde se han ido? —dijo. 
Orna tenía lágrimas en los ojos y apretaba la empuñadura de su espada con fuerza. Etxo se sorprendió al verla allí, decidida. Había sabido que era una mujer fuerte desde que la vio, pero nunca la habría tomado por una guerrera. 
—Por allí —dijo señalando el gran hueco que el Gaueko había dejado al adentrarse en el bosque. Parecía que las plantas se hubieran chamuscado.
—Voy con vosotros. —les dijo agarrando a Bévan por el brazo mostrándole confianza. 
—¡Argos! ¡Te quedas al mando! —añadió gritando por encima del hombro —¡Necesitamos a dos más! —dijo dirigiéndose al grupo que primero se había atrevido a ir tras el Gaueko.  
Dos hombres armados dieron un paso al frente. Etxo hizo un gesto con la cabeza a sus hombres, y los cinco echaron a correr entrando también en el bosque. 

Había piedras, ramas y sombras por todas partes, y todo parecía estar abrasado, aunque no había rastros de fuego encendido ni de ningún calor. Por el contrario, los restos estaban fríos, congelados. El Gaueko debía desprender algún fuego extraño que quemaba como el hielo.

Avanzaban tan rápido como podían, alentados por los gritos que se escuchaban de vez en cuando en la distancia, por aquellos caminos abandonados, sorteando los obstáculos con las antorchas encendidas y en alto, porque a pesar de que había luna creciente, en el bosque no se veía más allá de dos pasos de distancia. << Obra también del Gaueko>>, pensaron. 
Después de correr un buen rato, finalmente alcanzaron el otro extremo del bosque. Al llegar a la cabaña debían de faltar solo dos horas para la salida del sol, y todo era si cabe aún más oscuro. La puerta de la casa estaba abierta, como una invitación siniestra y a la vez el augurio de algo terrible. Antorcha en mano, solo Bévan se atrevió a entrar, seguido por su mujer. Nadie quisoa dar un paso más, aterrados, temiendo que el Gaueko apareciese de dentro de la cabaña y se los tragase a todos
— ¡Tirsa! — gritó Orna con desesperación en su voz — ¡Tirsa contesta si estás aquí!
El Alcalde y los demás se quedaron un poco extrañados por el cambio de nombre, pero lo aludieron a algún mote cariñoso entre madre e hija. Más tarde el alcalde comentaría a su mujer: <<Estaba tan cegada por la angustia que hasta le cambió el nombre a la niña. Hay que ver, ¡hay que ver! las cosas que hacemos los padres preocupados, Elvia… Pobre mujer, ¡pero qué rápido corría!>>
Dentro encontraron una mesa con restos de comida y botes llenos de ungüentos. En la chimenea había un caldero vacío, en el suelo huesos y carroña, en las estanterías botes con restos animales, o eso esperaban, y había sangre por las paredes a salpicones y formando dibujos extraños. También estaba manchado con sangre el suelo, pero todo estaba seco, no había rastros frescos. Era como si alguien de carne y huesos hubiera estado allí hacía poco viviendo, haciendo pócimas y magia extraña. Olía a podredumbre, y no se veía a Tirsa por ninguna parte.
—Etxo  — habló Bévan al salir de la cabaña. —¿Hay alguna cueva por aquí?
—Sí Bérart, más arriba en el camino hay una cueva. La de Agamunda. Pero es la morada de Mari, la Dama, y no debe ser molestada.
—Auzá, tiene a nuestra hija. Tirra —dijo Orna dándose cuenta de la metedura de pata anterior —No voy a dejar que se la quede. O venís u os quedáis aquí, pero nosotros subiremos. Ninguna Dama va a quedarse con ella.
Etxo dudó un momento. 
—Está bien. Si deseáis subir hacedlo, pero nosotros no iremos más allá. No hemos traído ningún carnero y deseamos seguir viviendo por aquí y contando con su protección. No queremos ofenderla.
Etxo les dejó una antorcha de más y comenzó a caminar de vuelta por donde habían venido.
—Bérart, Osoa, os daré un último consejo —se le acercó cogiendo de los hombros a Bévan y mirándole fijamente —tres reglas habéis de seguir si queréis volver tal y como habéis venido: Primero —dijo empezando a contar con la mano —Tuteadla siempre. Salid de la cueva de la misma forma en la que entrasteis, de espaldas; y nunca, ¡nunca os sentéis! ¡Ah! —añadió soltándole y apartándose —Y ni se os ocurra tampoco decir que venís de nuestra parte, ¡u os comeré yo mismo! —dijo echándose a reír —¡Agur compañeros! —Y así se encaminaron hacia el bosque echándoles una última mirada de compasión por encima del hombro.
Bévan les sonrió e hizo un gesto con la cabeza y esperaron hasta que sólo el fuego de la antorcha delataba su posición. Entonces se giró hacia su mujer y le habló mientras ésta estaba buscando el rastro que les llevaría hacia la cueva.
—Orna, “La errante” ha estado aquí. Creo que es esa “dama” de la que todos hablan. 
—Lo sé —contestó mientras movía la tierra, apartando unas briznas de hierba y llevándoselas a la nariz — tendremos que dar el aviso a tu hermano. Vamos a necesitar que traiga a los demás. — Giró la cabeza y miró al sol que salía ya por las montañas. — Al menos el sol ya está de nuestra parte... ¡Ay! Espero que Tirsa esté bien.
—Lo estará, se las sabe apañar, le hemos enseñado todo lo que sabemos Orna. Sabrá lo que debe hacer. 
—Lo encontré, ¡por aquí! —dijo su mujer señalando una pared de roca muy empinada y echó a andar, casi a escalar siguiendo el rastro de aquel camino imposible. 

A pesar de que el sol resplandecía y lo inundaba todo de luz, al llegar a la cueva se adentraron con las antorchas bien encendidas. Aquello estaba más oscuro que la noche, y un poco más de luz y de fuego no les vendrían mal. 
Y allí estaba de nuevo, ese olor putrefacto que les golpeaba a oleadas como tortazos en la cara haciéndoles entornar los ojos, que escocían. Se llevaron las capas a la nariz. Había huesos, restos de carne podrida de animales descuartizados, ropas roídas y echas pedazos...  
Avanzaban en silencio, escuchando, intentando descubrir dónde estaba aquel monstruo oscuro o esperando encontrarse con aquella “dama”, y a Tirsa. Pero después de andar un poco más y sin encontrar nada nuevo, se dieron cuenta de que la cueva no era tan profunda como pensaron y llegaban ya a lo que parecía el final del túnel. Allí el fuego iluminó un bulto que estaba a los pies de un dibujo enorme en forma de círculo, con unos símbolos extraños pintados con sangre ya seca en la pared. Orna corrió y se agachó para olisquearlo. Era un girón de ropa. Olía a Tirsa. Era su capa de viaje. 

—Ha estado aquí, Bévan. Se nos han escapado y se la han llevado al interior de la montaña —dijo Orna, mientras su marido se acercaba lentamente para abrazarla. — A nuestra niña... 
—Sí, pero hemos descubierto una de las entradas a los castillos profundos. Vendremos a rescatarla, Orna, una vez hablemos con los otros, vendrán e iremos en su busca. Y ya de paso — añadió más para sí que para que su mujer le oyese — cortaremos unas cuantas cabezas.


·◊·

El camino de vuelta les pareció más corto que unas horas antes, cuando corrían en la dirección contraria, pero no menos pesado ni angustioso, y cuando llegaron de nuevo a la aldea todo el pueblo estaba esperándoles en la entrada. Algunos les abrazaron para consolarles y les dieron infusiones de hierbas para calmar el espíritu y que pudieran descansar un rato antes de proseguir su camino o volver a casa.

El alcalde sabía que tendría que volver a sacar aquel libro, forrado en cuero teñido de rojo, con símbolos extraños en su portada y que había pasado de generación en generación, de alcalde a alcalde, y que se encontraba en un cajón oculto en su casa. Era su obligación. 
Cuando lo abrió sobre su escritorio, limpiando el polvo que lo cubría con la mano, leyó nombres, fechas, descripciones de personas; y Etxo fue pasando páginas hasta llegar a la última que había escrita, con fecha de 4 de Agosto de 922. Sacó la pluma y la tinta, y con mano temblorosa, aún por los nervios y el espanto de lo vivido comenzó a escribir, bajo la anterior, intentando imitar el estilo y lo que describía:

<< Hechos acaecidos en la aldea, en el octavo día de luna creciente después del solsticio de verano, del año tres-mil-doscientos-catorce de la Quinta. Esto es en el calendario romano, II – VII – MCCXIV.
Rapto.
Nombre: Tirra, hija de Bérart de las tierras de la frontera con Francia. De paso.
Pelo negro y liso, piel blanca con tonos dorados. Cuerpo con desarrollo regular. Ojo izquierdo tapado con parche, el otro con forma normal, una sola pupila. 
No hay testigos de cómo ocurrió el rapto. Sin motivo aparente. >> 

El alcalde se quedó mirando lo que acababa de escribir, pensando. Pensando que quizá sí hubiera algún motivo. Aquella familia parecía ocultar cosas. Pero en lugar de investigar, de hacer preguntas e indagar, Etxo cerró el libro, lo guardó en el cajón escondido y decidió que aquellas cosas, fuesen cuales fuesen, no eran asunto suyo. No hablaría más de aquella noche, y no sacaría el tema. Todo debía volver a la normalidad y entonces podrían seguir con sus quehaceres diarios, en paz, como siempre. Aquella era su forma de vida, intentarían no volver a molestar a los espíritus, y estos les dejarían vivir tranquilos. 

Tampoco se supo más del tal Alarico. Las mujeres aseguraron que cuando se habían dado cuenta estaba corriendo hacia los portones de la aldea gritando: << ¡La noche está viva, y viene a por mí!>> en camisón y descalzo; y a pesar de que aquella historia podía haber hecho que el mismo rey Enrique I enviase sus guardias para investigar, como tanto temían, nadie de más allá de las cinco montañas nevadas apareció por allí en mucho tiempo.
¿Casualidad? Quizá Alarico consiguió llegar con vida a algún lugar donde alguien creyó su historia, y la leyenda del monstruo y señor de la noche se esparció, llenando de miedo a todo aquel que se atreviese a pasar por las montañas del norte.

El cómo consiguió llegar a Astur y se hizo monje, y cómo Bévan y Orna rescataron a Tirsa de las entrañas de la montaña ya es otra historia, para otro tiempo. 

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